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EEUU Geopolítica

¿Se rompió el negocio de la guerra? La insólita crisis de misiles que paraliza a Estados Unidos

A lo largo de la historia moderna, nos hemos cansado de repetir una premisa que parece irrefutable: la guerra es, por encima de todas las cosas, un negocio fenomenal. Detrás de la geopolítica, de la diplomacia y de las tragedias humanas en el este de Europa o en Medio Oriente, siempre hay un conglomerado industrial armamentístico facturando miles de millones de dólares. Sin embargo, la realidad de las últimas horas nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda. Si la guerra es una maquinaria de hacer dinero tan perfecta, ¿por qué la mayor potencia militar y comercial del planeta se está quedando sin mercadería?

La noticia es alarmante y acaba de sacudir los cimientos del Pentágono: Estados Unidos se está quedando sin misiles para garantizar su propia defensa y la de sus aliados.

Los números del papelón

Vamos a los papeles, porque los números que se filtraron en los últimos días de agosto de 2026 son, directamente, un papelón logístico para Washington. Según reportes del Center for Strategic and International Studies (CSIS) y fuentes del sector defensa estadounidense, en apenas cinco meses de conflicto directo con Irán, sumado a los continuos frentes abiertos en Ucrania e Israel, Estados Unidos ha quemado casi la totalidad de sus reservas de misiles de precisión de largo alcance.

Estamos hablando de que se agotó «prácticamente todo» el inventario de misiles ATACMS y los modernos PrSM (Precision Strike Missile). Además, se ha utilizado cerca del 80% de los misiles interceptores del crucial sistema de defensa THAAD y se agotó la mitad de los misiles de crucero Tomahawk. Esta sequía de artillería pesada llegó a un punto tan crítico que los altos mandos militares le plantearon un ultimátum al presidente Donald Trump, convenciéndolo de cancelar temporalmente una nueva ronda de ataques masivos contra Teherán. Simplemente, no había con qué tirar sin dejar desprotegido el territorio estadounidense.

La trampa del «just-in-time»

¿Qué pasó con el todopoderoso complejo industrial-militar norteamericano? ¿Hubo negligencia en el sector público, en el privado, o simplemente la arrogancia los llevó a morder más de lo que podían masticar?

La respuesta es una mezcla letal de las tres. Durante las últimas tres décadas, la industria de defensa estadounidense adoptó el modelo corporativo del just-in-time (justo a tiempo). Achicaron líneas de producción, evitaron acumular stock para reducir costos de almacenamiento y priorizaron los márgenes de ganancia trimestrales de sus accionistas. Funcionaba perfecto para conflictos de baja intensidad o guerras asimétricas contra grupos terroristas, pero colapsó por completo ante el retorno de la guerra industrial de alta intensidad en tres frentes simultáneos (Ucrania, Medio Oriente y las tensiones en el Mar Rojo/Irán).

El problema no es el dinero: es el tiempo

Fabricar este tipo de armamento de altísima tecnología no es como hacer hamburguesas. Hoy en día, el Pentágono recibe con suerte unos 15 misiles Tomahawk y alrededor de 20 misiles interceptores Patriot PAC-3 al mes. Con esas cifras de producción mensual, reponer lo que se gastó en una sola noche de interceptación masiva sobre los cielos de Tel Aviv o Kiev es matemáticamente imposible.

Es cierto que, acorralados por la escasez, a finales de julio de 2026 el Departamento de Defensa firmó un contrato faraónico de 58.600 millones de dólares con Lockheed Martin para triplicar la producción de misiles Patriot PAC-3 MSE (pasando de 600 a 2.000 unidades anuales). Pero hay un detalle no menor: esa capacidad de producción recién estará operativa para finales de 2030. Mientras tanto, se calcula que recomponer las reservas del sistema THAAD a niveles pre-guerra tomará un mínimo de tres años.

La soberbia del cargador vacío

Estados Unidos se embarcó en múltiples frentes asumiendo que su billetera infinita podía solucionar cualquier cuello de botella. Pero la realidad industrial les explotó en la cara. La guerra de Ucrania no empezó ayer, el apoyo a Israel lleva meses en estado crítico y la escalada con Irán era crónica anunciada. Sabían que iban a gastar armas a un ritmo febril y, aun así, la planificación falló estrepitosamente.

Tal vez, el gran negocio de la guerra se volvió demasiado soberbio. Se olvidaron de que, en el tablero geopolítico real, el país que gana no es el que tiene la empresa contratista con las acciones más altas en Wall Street, sino el que tiene la capacidad industrial para seguir disparando cuando al otro se le vació el cargador.

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