Las memorias del rey Juan Carlos: el hombre que heredó a Franco y le regaló la democracia a España
Hace pocos días, a unos 135 kilómetros de París, en la pequeña localidad de La Ferté-Vidame, el rey emérito Juan Carlos I presentó sus memorias. Lo hizo al recibir el premio Saint-Simon, acompañado por la autora francesa Laurence Debray.
«Es un legado a los españoles que, junto a las instituciones democráticas, les ha permitido vivir en paz durante los últimos 50 años.» — Juan Carlos I, en la entrega del premio Saint-Simon
En su discurso calificó de «temeraria que prudente» su decisión de escribir, pero argumentó que consistía en relatar su parte de la verdad con «autenticidad y sinceridad».
Más allá de la pompa literaria y del exilio de facto que atraviesa el monarca en Abu Dabi desde 2020, la publicación de estas memorias abre, una vez más, un debate visceral sobre cómo debemos medir a los próceres de la historia moderna. Y aquí es donde la miopía del presente nos juega una mala pasada.
Reducido a una foto con un elefante muerto
En los últimos años, un sector amplio de la opinión pública española y global ha decidido someter a Juan Carlos I a un escrutinio mediático feroz, reduciendo casi medio siglo de historia a una fotografía en Botsuana junto a un elefante muerto en 2012, o a los opacos negocios y escándalos judiciales relacionados con Corinna Larsen. Son hechos repudiables desde la ética y la estética, sin duda. Pero pretender borrar la dimensión histórica de un jefe de Estado por sus miserias personales es, como mínimo, una injusticia intelectual. A los personajes históricos hay que analizarlos en el contexto que les tocó intervenir. Y el contexto en el que este hombre tuvo que operar era, literalmente, un campo minado.
El campo minado que heredó de Franco
Hay que recordar de dónde venía España. El país no era un festival de progresismo; era una nación secuestrada por la dictadura de Francisco Franco tras una guerra civil fratricida que había dejado casi 500.000 muertos y un éxodo masivo de más de 400.000 exiliados (muchos de los cuales forjaron su vida aquí, en Argentina). Franco gobernó con puño de hierro y diseñó un andamiaje legal, las «Leyes Fundamentales del Reino», que buscaba dejarlo todo «atado y bien atado» tras su muerte.
Cuando el dictador fallece el 20 de noviembre de 1975, la estructura franquista daba por sentado que el joven Juan Carlos, a quien Franco había educado como su delfín, iba a continuar con el modelo autoritario. Tenía en sus manos el poder absoluto que le conferían las leyes de la dictadura. Podría haberse enquistado en el trono. Sin embargo, hizo exactamente lo contrario: utilizó el poder heredado de un dictador para desmantelar la dictadura desde adentro.
Un rey que desmontó su propio trono
Lo que logró Juan Carlos I no tiene paralelos sencillos en la historia reciente de Europa. Bajo su jefatura, y junto a figuras como Adolfo Suárez, se orquestó la Transición. Convocó a todas las partes de una España fracturada: sentó en la misma mesa al Partido Comunista de Santiago Carrillo (ilegalizado y perseguido durante décadas) y a los herederos del franquismo, como Manuel Fraga. De ese consenso político, y no de un baño de sangre, nació la Constitución de 1978. Esa Carta Magna fue aprobada por el 87,7% de los votantes en un referéndum histórico con una participación que superó el 67%.
España pasó de ser un régimen oscuro y aislado a convertirse en una monarquía parlamentaria moderna, sentando las bases para su ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986 y garantizando el período de paz, prosperidad y libertades civiles más largo de toda su historia documentada. Casi cinco décadas después, esa misma democracia sigue puesta a prueba por crisis como la que fracturó a la Unión Europea tras la invasión a Ceuta, aunque con las instituciones que él mismo ayudó a fundar todavía en pie.
El pecho a las balas
Juan Carlos I le puso el pecho a las balas —literalmente— para sostener la democracia que él mismo había ayudado a nacer, al frenar el intento de golpe de Estado militar del 23 de febrero de 1981.
Al jugador y al hombre
Es curioso cómo opera la moral pública. Hay quienes juzgan a figuras del deporte mundial, como Diego Maradona, exigiéndonos separar «al jugador del hombre» para valorar su arte en la cancha sin importar los estragos de su vida personal. Sin embargo, en el ámbito político, muchos se niegan a aplicar esa misma lente —una vara doble que la Argentina conoce de memoria cada vez que discute cómo juzgar a los protagonistas de su propia historia reciente.
Juan Carlos de Borbón tiene claroscuros enormes, errores de cálculo graves y debilidades terrenales que mancharon su salida del trono. Pero cuando los libros de historia del siglo XXII se impriman sin la emocionalidad de las redes sociales actuales, el veredicto será claro: la España moderna, libre y democrática que hoy exige perfección moral a su clase dirigente, fue posible gracias al piloto de tormentas que, contra todo pronóstico, decidió devolverle el poder a su pueblo.
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