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EEUU Geopolítica

El error suicida de EE.UU.: el acuerdo nuclear de Trump con Arabia Saudita que revive el trauma iraní

La geopolítica a menudo sufre de una peligrosa amnesia. En los últimos días, la administración de Donald Trump dio luz verde a un histórico acuerdo de cooperación nuclear civil con Arabia Saudita. Se trata de un entendimiento diseñado a 30 años que busca otorgarle a las empresas estadounidenses un rol hegemónico en el desarrollo de la infraestructura energética del reino saudí, bloqueando de paso el avance comercial de competidores estratégicos como China y Rusia.

En los despachos de Washington, la noticia se celebra como una victoria diplomática y económica. Según trascendió, el pacto movería inversiones por decenas de miles de millones de dólares. A simple vista, parece una jugada de manual para blindar la alianza entre Washington y Riad. Sin embargo, en el implacable y volátil ajedrez de Medio Oriente, la historia tiene un sentido del humor macabro.

Para entender la magnitud del riesgo que está asumiendo Estados Unidos hoy, es imperativo viajar siete décadas hacia atrás.

«Átomos para la Paz»

El 8 de diciembre de 1953, el entonces presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower se paró frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas y lanzó su célebre programa «Átomos para la Paz» (Atoms for Peace). Con un tono esperanzador, prometió que la tecnología atómica sería despojada de su estigma militar y dedicada «a las artes de la paz», para servir a «las pacíficas empresas de la humanidad».

Bajo ese noble paraguas diplomático, en 1957, Estados Unidos firmó un acuerdo de cooperación nuclear civil con uno de sus aliados más leales en el Golfo Pérsico: el Irán gobernado por el Sha Mohammad Reza Pahlavi. Y Washington no solo entregó los planos:

  • En 1967 le regaló a Teherán su primer reactor de investigación (el famoso TRR).
  • Formó a sus científicos.
  • Lo alimentó con uranio estadounidense altamente enriquecido.

Estados Unidos, literalmente, construyó los cimientos de la infraestructura nuclear iraní.

El volantazo de 1979

Todo marchaba sobre ruedas hasta que la historia pegó un volantazo. En 1979, la Revolución Islámica barrió con el Sha y los ayatolás tomaron el poder absoluto del país. De un día para el otro, todo aquel andamiaje nuclear financiado, diseñado y promovido por Estados Unidos quedó secuestrado en manos de un régimen teocrático, totalitario y profundamente antiestadounidense.

Esa semilla de los «Átomos para la Paz» es hoy el mayor dolor de cabeza de Occidente. En la actualidad, el director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, viene advirtiendo sistemáticamente que Irán ha logrado enriquecer uranio al 60% de pureza, ubicándose a un mínimo paso técnico del 90% necesario para fabricar un arma de destrucción masiva. La ironía es sencillamente brutal: la Casa Blanca sembró y financió la génesis del programa que hoy amenaza con incendiar el planeta.

La historia que vuelve a firmarse

Y aquí es donde los paralelos con el nuevo acuerdo saudí encienden todas las alarmas. El entendimiento firmado por Trump con Riad exige —al igual que en su momento con el Sha— que la tecnología se use exclusivamente para «fines pacíficos». Pero, ¿quién puede garantizar la estabilidad política de un régimen en Medio Oriente de acá a 30 años?

Más preocupante aún son las propias declaraciones de la corona saudí. En una entrevista de 2018 que hoy cobra una relevancia escalofriante, el príncipe heredero Mohammed bin Salman (MBS) dejó claras sus verdaderas intenciones con una sinceridad letal:

«Arabia Saudita no quiere adquirir ninguna bomba nuclear, pero sin duda alguna, si Irán desarrolla una bomba nuclear, nosotros haremos lo mismo lo antes posible». — Mohammed bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudita, 2018.

¿Pacto energético o segunda siembra?

Entregar tecnología y conocimiento nuclear en una región que funciona como un polvorín perpetuo es jugar a la ruleta rusa. Hace más de sesenta años, Estados Unidos le entregó la llave del átomo a Irán creyendo que compraba la lealtad de un aliado eterno, y terminó creando a su propia pesadilla geopolítica. Hoy, con la tinta del acuerdo multimillonario con Arabia Saudita aún fresca y a la espera de la revisión del Congreso, la pregunta cae por su propio peso: ¿Washington está sellando un pacto energético clave, o acaba de sembrar, por segunda vez, las semillas de su propia destrucción?

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