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Ucrania Guerra

El letal acuerdo de Trump y Zelensky que cambia la guerra (y por qué enfurece a la Rusia de Putin)

El tiempo tiene una forma cruel de poner la historia en perspectiva. Para el Kremlin, la invasión que debía resolverse en un par de semanas acaba de cruzar un umbral psicológico devastador. Desde aquel 24 de febrero de 2022 hasta este convulso julio de 2026, han transcurrido más de 1.600 días de combates ininterrumpidos. Para ponerlo en números duros: la guerra en Ucrania ya es más larga que la mismísima participación de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial (la histórica «Gran Guerra Patria», que duró 1.418 días).

Y en este escenario de desgaste milimétrico, con más de 800.000 bajas estimadas entre muertos y heridos sumando ambas trincheras, las tácticas están cambiando de raíz. El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, no exagera cuando afirma que se acercan tiempos decisivos. La novedad diplomática y militar más pesada del momento es el acuerdo impulsado en la última cumbre de la OTAN en Ankara, que permitirá a Kiev fabricar bajo licencia los codiciados misiles de defensa aérea estadounidenses Patriot.

La matemática del campo de batalla

Para entender la urgencia de esta decisión, hay que mirar la matemática del campo de batalla. Según detalló recientemente Andrius Kubilius, comisario europeo de Defensa, Ucrania llegó a consumir unos 700 misiles interceptores Patriot tan solo en los cuatro meses del último invierno. Esa cifra aniquila la capacidad industrial de Estados Unidos: el gigante de defensa Lockheed Martin apenas ensambla unos 600 proyectiles PAC-3 al año, y proyecta llegar a los 2.000 recién para el año 2030. La demanda ucraniana, sencillamente, se devoró la oferta global.

Frente a este cuello de botella y fiel a su estilo directo, el presidente estadounidense Donald Trump anunció el acuerdo apuntando a la practicidad de la medida: «Vamos a otorgarles una licencia para fabricar Patriots. De esta manera, no podrán quejarse de que no les estamos dando suficientes».

Por su parte, Zelensky recogió el guante y expuso la magnitud del hito: «Por primera vez, Ucrania se acerca a la producción de misiles Patriot y podría convertirse en el tercer Estado en la historia en contar con este acuerdo y este privilegio. Quisiera agradecer al presidente de los Estados Unidos por esta decisión política ya histórica que contribuirá a salvar la vida de miles de personas. Es fundamental que los misiles Patriot con la inscripción “Made in Ukraine” se conviertan en realidad lo antes posible».

El contraataque asimétrico

Pero la defensa aérea es solo una cara de la moneda; la otra es el contraataque asimétrico. Hoy, Ucrania no necesita mover ejércitos masivos para asfixiar a Rusia; le basta con un desarrollo local feroz y audacia. Con una nueva generación de misiles balísticos y drones de visión en primera persona (FPV), las fuerzas de Kiev están golpeando el corazón logístico y energético del enemigo. El caso más paradigmático ocurrió hace un par de días, el 6 de julio de 2026, cuando lograron burlar las defensas aéreas y estrellar sus drones contra la enorme refinería de Gazprom Neft en Omsk, en la lejana Siberia occidental. Estamos hablando de un impacto con precisión quirúrgica a 2.884 kilómetros de distancia desde Kiev.

Estos ataques a las refinerías están logrando lo que años de burocracia financiera internacional no pudieron: que la guerra se sienta de lleno en las calles de Rusia. Hoy, cargar combustible en un vehículo particular en el centro de Moscú o San Petersburgo se ha vuelto una odisea, con filas interminables en las estaciones de servicio que erosionan el blindado relato triunfalista del Kremlin.

A esto se le suma la creciente impaciencia de la oligarquía rusa. Estos multimillonarios de élite ven cómo la guerra se estanca y el aislamiento aprieta. El malestar de no poder usar libremente las clásicas tarjetas de crédito estadounidenses ni acceder al mundo financiero global ya es un secreto a voces que empieza a filtrarse en los medios de comunicación occidentales.

La pesadilla del Kremlin

Frente a este escenario denso y volátil, Vladimir Putin —quien gobierna los destinos de Rusia desde el año 2000, con aquel conocido enroque táctico con Dmitri Medvédev para eludir la Constitución— acude a la descalificación política. Recientemente, Moscú intentó deslegitimar a Zelensky, argumentando que su mandato expiró por no celebrar elecciones. Es un argumento rusófilo tan cínico como falaz: bajo la ley marcial de un país invadido, y con cientos de miles de ucranianos repeliendo el fuego en las trincheras, instalar urnas es logística y constitucionalmente inviable.

Lo cierto es que, tras uno o dos años sin grandes movimientos en el frente de batalla, la guerra se le empantana a Rusia. Y mientras Moscú lucha por apagar los incendios en sus refinerías más lejanas, Ucrania se prepara para estampar su propia bandera en los misiles que defenderán su cielo. Ese sello «Made in Ukraine» dejó de ser un simple anhelo para convertirse en la pesadilla estratégica más grande que enfrentará el Kremlin antes de que termine el año.

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