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Ucrania Guerra

El sádico «safari de drones» ruso y la muerte de la empatía: cuando la guerra se vuelve cacería

El video dura apenas unos segundos, pero es tiempo más que suficiente para revolverle el estómago a cualquiera que todavía conserve un gramo de humanidad. Las agencias internacionales acaban de corroborar una de las secuencias más espeluznantes y virales de las últimas horas: un dron kamikaze ruso persiguiendo, como si fuera un retorcido videojuego, a un verdulero callejero en la región ucraniana de Jersón.

¿Qué clase de objetivo militar de alto valor estratégico representa un vendedor de verduras de 52 años? Ninguno. Y ahí radica la verdadera atrocidad de este suceso.

No fue un «daño colateral»

No estamos hablando de un «daño colateral», de un misil desviado por error o de un bombardeo ciego. Lo que vimos antes de que ese furgón quedara destrozado fue una persecución deliberada. Ese dron no era autónomo; del otro lado de la pantalla había un operador humano. Un soldado ruso con el joystick en la mano que decidió, de forma plenamente consciente, aterrorizar a un civil indefenso. Jugó con él, lo persiguió alrededor de su humilde puesto callejero y, finalmente, le asestó el golpe con los explosivos.

A nivel psicológico y sociológico, esto nos asoma a un abismo aterrador. ¿Qué tiene en la cabeza una persona que va a la guerra a comportarse de esta manera? Las acciones de este operador no responden a ninguna doctrina militar lógica; responden a un instinto sádico y, peor aún, a un evidente adoctrinamiento genocida. Es la demostración práctica del exterminio: cazar civiles por el simple hecho de su nacionalidad ucraniana, por mera diversión.

El «safari» diario

Afortunadamente, Yuri —como fue identificado por la Policía Nacional— sobrevivió. Terminó en el hospital con severas heridas de metralla en las piernas y la espalda, además de una lógica conmoción severa. Desde su cama, su testimonio bajó a tierra la pesadilla: «no había dónde esconderse en medio del paisaje», confesó, describiendo los minutos de cacería como un evento «aterrador».

La respuesta política fue inmediata. El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, exigió una condena internacional argumentando que el ataque forma «parte de una campaña rusa deliberada para intimidar a la población civil». Pero fue el presidente Volodímir Zelenski quien le puso el título exacto a esta atrocidad. El mandatario denunció que las tropas de Moscú han convertido al país en un «safari de drones» que se realiza a diario. Zelenski fue directo a la psicología del enemigo, asegurando que los soldados rusos «disfrutan matando y maltratando a la gente sin mostrar ningún tipo de remordimiento».

Objetivos cruzados

Para entender la diferencia moral y táctica en este conflicto, basta con mirar los objetivos cruzados. Mientras Rusia gasta tecnología militar de precisión en hacer volar por los aires a un verdulero, Ucrania enfoca sus recursos en golpear la logística del invasor. Esta misma semana, los drones ucranianos impactaron de lleno en los almacenes de Wildberries (el principal gigante minorista de Rusia) en la ciudad de Chéjov, región de Moscú, un área metropolitana donde viven 22 millones de personas. Ese ataque paralizó infraestructura crítica, dejando un saldo de cinco muertos y 10 heridos. Es la crudeza de la guerra, sí, pero apuntando a la espina dorsal logística del adversario, no al sadismo individual.

Coser la invisibilidad

Mientras la comunidad internacional mira de reojo, la población civil y militar ucraniana hace lo que puede para sobrevivir a los «safaris» rusos. En pequeños talleres, redes de voluntarias están fabricando contra el reloj unas 100 capas antidrones semanales para volver «invisibles» a sus hombres en las zonas de la muerte.

Olena Risco, una voluntaria de 53 años, explicó el milagro de supervivencia que cosen con sus propias manos usando camuflaje sintético:

«Esta lámina de aislamiento térmico bloquea la luz roja y hace que el soldado parezca un arbusto o un árbol al mimetizarse con la sombra. Lo fundamental es que no se vea nada rojo en la imagen del dron porque el calor delata la ubicación de nuestros chicos». — Olena Risco, voluntaria ucraniana de 53 años.

Las imágenes de Jersón no merecen otra cosa que un repudio absoluto. Cuestionar el desarrollo de una guerra es una cosa, pero tolerar que la tecnología del siglo XXI se utilice para televisar el sadismo y cazar inocentes por deporte es firmar la sentencia de muerte de nuestra propia humanidad.

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